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Marketeros pero menos

Marketeros pero menos

Hace años, no sé si por herencia de los publicistas que retrataba Mad Men, los expertos en marketing -los marketeros- se convertían a sí mismos en escaparates para cautivar a sus clientes. Un buen traje de chaqueta, una corbata clásica y bien anudada, una falda ajustada, unos tacones de vértigo, un buen lápiz labial y unas gafas con montura al aire constituían una tarjeta de presentación sinónimo de éxito. Los accesorios eran también importantes. Maletín de cuero, carpetas de cartulina tuneadas, bolígrafo negro de marca –a ser posible con un toque dorado-, folios blancos o libreta de rayas para tomar buena nota de las necesidades del futuro cliente. Tarjetas de visita con letra cursiva y pocos datos, un porfolio de dimensiones considerables y móviles –no al principio, pero sí luego- que pesaban lo suyo y sólo servían para recibir llamadas y aparentar que uno era importante. Sin olvidar los coches y el “postureo“… pero eso será otro post. Luego apareció Internet. Y los marketeros tuvieron que hacer la migración al marketing digital y cambiar su imagen. Adiós a las chaquetas y a las corbatas serias; adiós a los tacones altos y bienvenidas las allstar; se desenfundaron las faldas para embutirse en vaqueros de marca y renegaron de las gafas con montura al aire por unas de pasta gruesa que dan un aire más intelectual. En el camino se quedaron los maletines, los folios en blanco, los portfolios, el bolígrafo y las carpetas. El teléfono móvil asumió todas esas funciones y se convirtió en la oficina virtual. La tarjeta de visita se redujo a un código QR con toda la...
¿Mande?

¿Mande?

Hace unos años, en la cafetería de un centro comercial, tuve una experiencia extracorpórea mientras merendaba con unas cuantas amigas. Todas ellas eran seguidoras de no-me-pregunten-cuál-edición de Gran Hermano. Alguna debió sacar el tema y en cinco segundos, entre churros, sándwiches, cafés y zumos, se produjo un debate acerca de si la pelirroja era una guarra, si debía ganar el de Toledo, que si aquél era un aprovechado, que si la otra no sabía ni freír un huevo, que si aquella se masturbaba en la cama, que si el otro le ponía los cuernos a su novia con una del programa y, finalmente, una apuesta colectiva sobre a quién echaban esa semana del Gran Hermano. La experiencia extracorpórea vino sobrevenida por el hecho de que no veía –no he visto y no veré- el zafio programa de marras, así que perdí el hilo de la conversación en el momento en que esta se puso en marcha. Ni sabía quién era la pelirroja, ni el de Toledo, ni la masturbadora, ni el infiel. Y por supuesto, me la traía al pairo a quién iban a echar de la casa. Algo similar ocurre cuando, por primera vez, te sientas en torno a una mesa junto con un utility, una especialista en marketing digital y un informático, por poner un ejemplo. Un plan social media marketing tiene que tener en cuenta las KPI, los click, los crackers y las famosas cookies y dirigirlo todo hacia una landing page donde monitorizar luego los CPA, los CPC y los CPI tras una llamada a la acción de los influencers porque somos los brand advocate...
Amén se escribe sin hache

Amén se escribe sin hache

Como punto de partida sepan que soy forofa del Diccionario online de la Real Academia de la Lengua Española, de la Fundéu y del blog Lavadora de Textos. Pese a ello, a estas alturas acepto que en el nuevo lenguaje de las redes sociales y en el guasap las vocales huyan despavoridas de las palabras, que la “k” haya desterrado a la “q” e incluso a la “c“; llevo mal las patadas a la gramática, pero si hay algo que no soporto es el asesinato de la ortografía. En las redes sociales hay varias cosas que mortifican. Una de ellas es que te inviten a jugar al Candicrus –o similares- y la otra, que te envíen cadenas que debes a su vez reenviar a diez personas como mínimo para procurarte, salud, dinero, amor y una plaza en el cielo eterno. Estas últimas, además, no me pregunten porqué, aparecen en mi muro de feisbuk con inusitada frecuencia a pesar de que hace años –o por eso mismo- decidí apostatar –rechazar la fe de mi bautismo, no lo del pokerestar, que también es un juego-. La última cadena que llegó a mi muro venía con un comentario: “me hinché a llorar”. Ya es algo así como una advertencia: ni se te ocurra leerlo que vas a pasar un mal rato… pero la curiosidad mata al gato. El argumento es simple, niño con cáncer en el hospital, niño que muere, madre que maldice a Dios, Dios hace milagro –ojo, que el niño no resucita-, madre agradecida dice amén y Satán ha sido vencido. El SEO en cuestión de esta cadena era la...
La última humillación

La última humillación

Su hijo la ha dejado, literalmente, morir de hambre. Su hija política la hizo invisible. El resto de la familia la ha ignorado de forma inmisericorde. Y sus vecinos han hecho oídos sordos a sus lamentos. Y por supuesto, la maquinaria social de la Administración Pública que debería evitar casos como éste ha llegado tarde. Demasiado tarde. ¿Hay mayor humillación que morir de asco, desidia, negligencia y descuido a manos de tus propios hijos, amigos y vecinos? La hay. La mujer muerta de inanición fue fotografiada una última vez. Y su imagen ha sido publicada y aireada hasta la extenuación en medios de comunicación y en las redes sociales para procurarle una última vejación. Una última afrenta. Abandonada por sus hijos, su menosprecio se ha convertido en un pasatiempo para que los consumidores de Internet se escandalicen, hagan aspavientos, se hagan cruces y a su vez, retuiteen y publiquen en su muro la imagen de la mujer muerta para prolongar la humillación… hasta que un niño de pocos años, muerto en la orilla de la playa, toma el relevo en la indignación, el escándalo, la desgracia ajena y el sofoco particular delante de la pantalla del ordenador o del teléfono móvil o de la tableta… Y vuelta a empezar. Y a estos días de ira colectiva ¿qué sigue? Nada. Los atardeceres, las fotos de las mascotas, el selfie con los amigos en el bar de copas o en la playa, la receta del bizcochón casero con yogur, el vídeo gracioso, la frase de mal gusto, y el chiste sin gracia. Porque en definitiva, el aldabonazo a nuestras conciencias dura el...

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